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martes, 15 de mayo de 2012

Japón vulnera normas del Tratado Antártico al militarizar flota ballenera




En entrevista con Radio del Mar, la directora del Centro de Conservación Cetácea, mostró su preocupación por la inacción de los gobiernos de Chile y América Latina, frente a que en este verano austral Japón utilizó elementos militares en su flota ballenera, en una zona regida por el Tratado Antártico y declarada como zona de paz y libre de armas.

Santiago, 14 de mayo de 2012. (Radio del Mar)—El uso de elementos militares que Japón impuso en aguas antárticas para resguardar su flota ballenera no solo vulnera normas de la Comisión Ballenera Internacional, sino que también del Tratatado Antártico que declara a este continente como zona de paz y libre de armas. Así lo afirmó la directora del Centro de Conservación Cetácea (CCC), Elsa Cabrera, que además demandó al gobierno chileno y a los de la Región Latinoamericana a ser más enérgicos en la condena al país asiático por militarizar el Océano Austral.
En entrevista con Radio del Mar, la directora del CCC, celebró también que en su última reunión realizada la primera semana de mayo en Panamá, los países latinoamericanos que conforman el Grupo de Buenos Aires (GBA), hayan reafirmado su posición conservacionista, el apoyo a la moratoria a la caza de ballenas y a la integridad de los Santuarios, y el rechazo a la caza científica y al comercio de productos derivados de las ballenas.

Elsa Cabrera además apoyó que Uruguay se haya integrado a la demanda de los países del Cono Sur para implementar el Santuario del Atlántico Sur, el que por más de 10 años ha sido bloqueado por Japón y los países que han sido influenciados por la nación asiática.

A pesar de esta posición, la directora del Centro de Conservación Cetácea afirmó que los tres últimos años de negociaciones en la Comisión Ballenera Internacional han sido muy difíciles para los países conservacionistas, especialmente el 2010 cuando gobiernos, incluido el chileno, y organizaciones internacionales intentaron romper la moratoria y legitimar la caza de ballenas.

Es por esto que las organizaciones ciudadanas de América Latina están demandando a sus gobiernos acciones más enérgicas y protestas diplomáticas contra las operaciones de caza de ballenas por parte de Japón.

“Al Grupo de Buenos Aires le expresamos nuestra decepción por no coordinarse para presentar una protesta diplomática o una resolución de condena a la caza científica, especialmente porque este año Japón integró elementos de carácter militar para proteger su flota ballenera en una zona regida por el Tratado Antártico que designa a esta zona como territorio de paz y libre de armas”, afirmó Elsa Cabrera.

Frente a esto, esperábamos “una reacción más potente especialmente de países con intereses en la Antártica como Brasil, Argentina o Chile”, agregó.

Respecto a cómo cree que el gobierno chileno enfrentará la próxima reunión de la CBI, Cabrera señaló que esperan “que Chile no solo mantenga su postura (conservacionista), sino que la endurezca, no solo en la CBI, sino que en otros foros como en la Organización Marítima Internacional (OMI)”. Esto porque otro aspecto de la crítica a la flota ballenera nipona es el uso de ciertos tipos de combustibles prohibidos en el Océano Austral, y “Japón no ha entregado información acerca de qué tipo de combustibles usa. Antes usaba un combustible prohibido para esta zona”, afirmó la directora de CCC.

Cabrera además mostró su preocupación por la inacción y no condena del gobierno chileno al uso de elementos militares por parte de la flota ballenera japonesa. “Utilizar elementos militares para defender la caza de ballenas sienta un precedente gravísimo no solo para el Océano Austral sino que para toda la gobernanza en los océanos”, dijo Cabrera.

También puede acceder a este archivo de audio en esta dirección
http://www.podcaster.cl/2012/05/radio-del-mar-67/ Foto: vistaalmar.es Fuente: ecoceanos.cl
loglemu.blogspot.com.ar/2012/05/japon-vulnera-normas-del-tratado.html

domingo, 18 de septiembre de 2011

Órdago ruso en las Kuriles







miércoles, 14 de septiembre de 2011 

A estas alturas Japón ya debería haber entendido que Rusia no va de farol en las islas Kuriles. Es un órdago en toda regla. El archipiélago ya no está a la venta como en los años 90 del pasado siglo, cuando Moscú buscaba desesperadamente dinero tras el desplome de la URSS y la devaluación del rublo. Rusia se propone modernizar tanto las infraestructuras civiles de las islas como, y eso es lo que más preocupa a Tokio, las militares.

La última afrenta para los nacionalistas dirigentes nipones tuvo lugar el pasado domingo con la visita a las islas del secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, Nikolái Pátrushev, antiguo jefe del Servicio Federal de Seguridad (FSB, la versión rusa del KGB). Recordemos que, para los japoneses, cualquier visita de un alto funcionario ruso a los cuatro islotes es considerada "inadmisible".
Pátrushev visitó Kunashir y el minúsculo islote de Tanfiliev, que se encuentra a apenas 10 kilómetros de territorio japonés y que cuenta con un puesto de vigilancia fronteriza del FSB. Tokio no tardó en reaccionar y tachó de "ultraje" la visita de inspección.

A esto se sumó la denuncia japonesa de que los bombarderos rusos Tu-95MS que sobrevolaron la pasada semana la zona en el marco de unas maniobras militares habían violado el espacio aéreo nipón. El ministro de Exteriores japonés, Koichiro Gemba, acusó a Moscú de utilizar los vuelos como herramienta de presión diplomática y le conminó a no recurrir a provocaciones militares. Gemba incluso llamó por teléfono a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, para expresar su malestar.

Aprovechando su turno de réplica diplomática, la Cancillería rusa puso las cartas sobre la mesa: "Las islas Kuriles del sur son territorio ruso y nuestra soberanía sobre las mismas no puede ser discutido ni puesto en duda".

Por lo que parece, el nuevo Gobierno japonés comandado por el primer ministro, Yoshihiko Noda, tampoco parece dispuesto a rebajar la tensión alimentada por el histórico contencioso territorial. En los últimos dos años los sucesivos ejecutivos nipones han utilizado este asunto como arma arrojadiza para mejorar sus alicaídos índices de popularidad. Según los analistas, esa política es de consumo interno y busca aglutinar a la sociedad asiática en torno a una idea de orgullo nacional en momentos de zozobra política e inestabilidad económica.

El ultranacionalismo japonés parece haber antepuesto el orgullo más ancestral a la realpolitik con el fin de enterrar para siempre la todavía traumática herencia de la derrota en la Segunda Guerra Mundial. A esto se suma la continua presión de la vecina China, que insiste en aplicar una política de hechos consumados para hacerse con la soberanía de las islas Senkaku, también reclamadas por Tokio.

La escalada de tensiones en las Kuriles comenzó hace menos de un año cuando el presidente ruso, Dimitri Medvédev, se convirtió en el primer mandatario de este país en visitar el territorio. Ni su antecesor y actual primer ministro, Vladímir Putin, se había atrevido a tanto. Desde entonces, todo han sido desplantes y llamadas a consultas de embajadores. En estos momento, la firma del tratado de paz que ponga fin al estado de guerra técnica entre ambos países parece más lejos que nunca.

La lectura es que Rusia ha perdido la paciencia. Japón tuvo la oportunidad de recuperar dos de las islas si se hubiera comprometido a invertir en el desarrollo del atrasado lejano oriente ruso en tiempos de Boris Yeltsin, pero optó por el maximalismo y exigió la devolución de las cuatro islas. Ahora, Rusia no está dispuesto a ceder "ni la oreja de un burro muerto", expresión utilizada por Putin cuando la pequeña Estonia pidió una revisión de su fronteras con el país heredero de la URSS.
Por una parte, Rusia ha iniciado un ambicioso proceso de rearme, uno de cuyos vectores es el renacimiento de su armada, que se encuentra en estado ruinoso. Para ello, la armada recibirá nuevas fragatas, submarinos nucleares de nueva generación y cuatro portahelicópteros franceses de la clase Mistral, uno de los cuales será apostado en las aguas de las Kuriles. Y es que Moscú se resiste a abandonar sus ambiciones de superpotencia militar y una de las condiciones para ello es mantener viva su vertiente militar asiática.

Hoy mismo, Rusia anunció que celebrará el próximo año sus primeras maniobras militares navales con Corea del Norte, cuyo líder comunista, Kim Jong-il, visitó Rusia a finales de agosto, en su primer viaje a este país en una década. Entonces, el imprevisible Kim se comprometió ante Medvédev a reanudar las negociaciones nucleares a seis bandas a cambio de ayuda humanitaria y cooperación económica.

Otro factor de impaciencia rusa es la negativa japonesa a cooperar o permitir que otros países lo hagan en la explotación de los ingentes recursos de la zona: pescado, oro, plata, titanio e hidrocarburos. En los tiempos de crisis que corren, Moscú no puede frenar artificialmente el desarrollo de la región, que ha perdido a más de la mitad de su población desde la caída de la URSS debido a la crudeza del clima y la falta de infraestructuras.

Rusia bien podría sobrevivir y mantener intacto su potencial estratégico sin esas cuatro pequeñas islas, manteniendo el control del resto del archipiélago y la isla de Sajalín, pero la intransigencia japonesa le ha empujado a cruzar el Rubicón en las Kuriles y, si Japón no lo remedia, ya no habrá marcha atrás.


A estas alturas Japón ya debería haber entendido que Rusia no va de farol en las islas Kuriles. Es un órdago en toda regla. El archipiélago ya no está a la venta como en los años 90 del pasado siglo, cuando Moscú buscaba desesperadamente dinero tras el desplome de la URSS y la devaluación del rublo. Rusia se propone modernizar tanto las infraestructuras civiles de las islas como, y eso es lo que más preocupa a Tokio, las militares.

La última afrenta para los nacionalistas dirigentes nipones tuvo lugar el pasado domingo con la visita a las islas del secretario del Consejo de Seguridad de Rusia, Nikolái Pátrushev, antiguo jefe del Servicio Federal de Seguridad (FSB, la versión rusa del KGB). Recordemos que, para los japoneses, cualquier visita de un alto funcionario ruso a los cuatro islotes es considerada "inadmisible".

Pátrushev visitó Kunashir y el minúsculo islote de Tanfiliev, que se encuentra a apenas 10 kilómetros de territorio japonés y que cuenta con un puesto de vigilancia fronteriza del FSB. Tokio no tardó en reaccionar y tachó de "ultraje" la visita de inspección.

A esto se sumó la denuncia japonesa de que los bombarderos rusos Tu-95MS que sobrevolaron la pasada semana la zona en el marco de unas maniobras militares habían violado el espacio aéreo nipón. El ministro de Exteriores japonés, Koichiro Gemba, acusó a Moscú de utilizar los vuelos como herramienta de presión diplomática y le conminó a no recurrir a provocaciones militares. Gemba incluso llamó por teléfono a su homólogo ruso, Serguéi Lavrov, para expresar su malestar.
Aprovechando su turno de réplica diplomática, la Cancillería rusa puso las cartas sobre la mesa: "Las islas Kuriles del sur son territorio ruso y nuestra soberanía sobre las mismas no puede ser discutido ni puesto en duda".

Por lo que parece, el nuevo Gobierno japonés comandado por el primer ministro, Yoshihiko Noda, tampoco parece dispuesto a rebajar la tensión alimentada por el histórico contencioso territorial. En los últimos dos años los sucesivos ejecutivos nipones han utilizado este asunto como arma arrojadiza para mejorar sus alicaídos índices de popularidad. Según los analistas, esa política es de consumo interno y busca aglutinar a la sociedad asiática en torno a una idea de orgullo nacional en momentos de zozobra política e inestabilidad económica.

El ultranacionalismo japonés parece haber antepuesto el orgullo más ancestral a la realpolitik con el fin de enterrar para siempre la todavía traumática herencia de la derrota en la Segunda Guerra Mundial. A esto se suma la continua presión de la vecina China, que insiste en aplicar una política de hechos consumados para hacerse con la soberanía de las islas Senkaku, también reclamadas por Tokio.

La escalada de tensiones en las Kuriles comenzó hace menos de un año cuando el presidente ruso, Dimitri Medvédev, se convirtió en el primer mandatario de este país en visitar el territorio. Ni su antecesor y actual primer ministro, Vladímir Putin, se había atrevido a tanto. Desde entonces, todo han sido desplantes y llamadas a consultas de embajadores. En estos momento, la firma del tratado de paz que ponga fin al estado de guerra técnica entre ambos países parece más lejos que nunca.

La lectura es que Rusia ha perdido la paciencia. Japón tuvo la oportunidad de recuperar dos de las islas si se hubiera comprometido a invertir en el desarrollo del atrasado lejano oriente ruso en tiempos de Boris Yeltsin, pero optó por el maximalismo y exigió la devolución de las cuatro islas. Ahora, Rusia no está dispuesto a ceder "ni la oreja de un burro muerto", expresión utilizada por Putin cuando la pequeña Estonia pidió una revisión de su fronteras con el país heredero de la URSS.
Por una parte, Rusia ha iniciado un ambicioso proceso de rearme, uno de cuyos vectores es el renacimiento de su armada, que se encuentra en estado ruinoso. Para ello, la armada recibirá nuevas fragatas, submarinos nucleares de nueva generación y cuatro portahelicópteros franceses de la clase Mistral, uno de los cuales será apostado en las aguas de las Kuriles. Y es que Moscú se resiste a abandonar sus ambiciones de superpotencia militar y una de las condiciones para ello es mantener viva su vertiente militar asiática.

Hoy mismo, Rusia anunció que celebrará el próximo año sus primeras maniobras militares navales con Corea del Norte, cuyo líder comunista, Kim Jong-il, visitó Rusia a finales de agosto, en su primer viaje a e

ste país en una década. Entonces, el imprevisible Kim se comprometió ante Medvédev a reanudar las negociaciones nucleares a seis bandas a cambio de ayuda humanitaria y cooperación económica.

Otro factor de impaciencia rusa es la negativa japonesa a cooperar o permitir que otros países lo hagan en la explotación de los ingentes recursos de la zona: pescado, oro, plata, titanio e hidrocarburos. En los tiempos de crisis que corren, Moscú no puede frenar artificialmente el desarrollo de la región, que ha perdido a más de la mitad de su población desde la caída de la URSS debido a la crudeza del clima y la falta de infraestructuras.
Rusia bien podría sobrevivir y mantener intacto su potencial estratégico sin esas cuatro pequeñas islas, manteniendo el control del resto del archipiélago y la isla de Sajalín, pero la intransigencia japonesa le ha empujado a cruzar el Rubicón en las Kuriles y, si Japón no lo remedia, ya no habrá marcha atrás.
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