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miércoles, 10 de febrero de 2016

La unidad de la CGT y la Conducción de la Nación



Escrito por Raul Héctor Reyes.


Peronismo, identidad y fractura
Con la palabra «peronismo» suele definirse erróneamente al Partido Justicialista, que en realidad sólo es una herramienta electoral al servicio de una comunidad mucho mayor, de composición movimientista. A la vez, bajo el mismo nombre, se hacen generalizaciones que incluyen una larga serie de apellidos seguidos del sufijo “ismo”, como si cada uno de ellos involucrara, sin más, al conjunto. Existe además una categoría más difusa, pero transformadora y políticamente revulsiva denominada «Movimiento Peronista» –integrante esencial del más amplio aún Movimiento Nacional-, que comprende los pensamientos, sentimientos, costumbres (moral) y conductas (ética) explicados en la Doctrina Justicialista y se aplica en nuestros días a una constelación de organizaciones políticas, económicas, sociales y culturales que, desde la muerte de Juan Perón, carecen de una conducción unificada y, por lo tanto, de una estrategia de conjunto.

Las fuerzas centrífugas desatadas por la desaparición física del fundador, por ejemplo las ambiciones personales sin límite, expanden desde entonces el universo peronista hasta nuevas y más lejanas dimensiones, a la vez que, paradójicamente, se va debilitando su identidad por la ausencia de una conducción superior que mantenga la unidad doctrinaria. De este modo, procesos tan diferentes como el de la década del 90 y el de los 12 años de gobierno que acaban de terminar, van acomodándose en la historia con el mismo sello, así como personajes cada vez más advenedizos se incorporan a la competencia por el poder, sumando sus propias particularidades al fárrago de lineamientos internos en pugna.

Es que -como en un techo a dos aguas en cuyo vértice reside la fidelidad pura-, los pensamientos, sentimientos, costumbres y conductas peronistas, son elementos que se mezclan hacia uno y otro lado hasta confundirse con el progresismo ahistórico de centro-izquierda (1) ó asumir, en el campo opuesto, las posiciones esclavistas y los disvalores oligárquicos del conservadurismo liberal de centro-derecha (2). Ambos dedicados a profundizar el sistema representativo burgués y partidocrático, que excluye al pueblo para que no delibere ni gobierne, tal como todavía reza el artículo 22 de la Constitución Nacional. Nos referimos así a las dos corrientes principales que se han desplegado, como en una pinza global de cuño liberal-socialista, conducidas desde los cuarteles de la élite mundial.

Fractura de la memoria

El movimiento nacional en su última etapa fue constituido y experimentado a partir de una filosofía simple, popular, humanista y cristiana. Es el mismo movimiento que por definición atraviesa toda la historia de nuestro pueblo en su conformación como tal, sobre la extensa geografía de nuestra Patria. Pero, a partir de las jornadas de los «gobiernos progresistas» de julio de 2003 en Londres (1), fue interpretado desde una nueva óptica concentrada en la defensa de los derechos humanos y la «visibilidad de las minorías», temáticas destacadas en la concepción del sociólogo londinense Anthony Giddens, ideólogo de Tony Blair, de la reunión citada y de la renovación de la socialdemocracia con la «tercera vía», para inculturar «su modernidad» por el globo.

Esas visiones de la postmodernidad europea, no nuestra, contemplan poco la unidad de los pueblos y la esforzada construcción de las mayorías nacionales, que ha signado la historia de este lado del mundo. Es más acertado tomar estas pseudo-ideologías como el andamiaje de justificación de la anomia social, cuyas raíces pueden emparentarse con la «teoría del Heartland» de Halford J. Mackinder, de donde el imperio inglés sacó su especialidad en crear «islas de minorías», primero geográficas y luego culturales, pero siempre destinadas al dominio. La fragmentación suramericana es uno de sus lamentables frutos.

Como una de las derivaciones de este «pensar desde los bordes», la memoria de los hechos protagonizados y sobre todo de las víctimas sufridas por una parte de las fuerzas que actuaron en los setenta -las fuerzas que priorizaron en su praxis la lucha armada-, postergó la memoria mucho más extensa del conjunto de los hechos que fueron realizados por un gran número de organizaciones de la JP, sindicales, femeninas, políticas y sociales, todas constituyentes del Movimiento Nacional y, sobre todo, la riqueza de la conducción de Juan Perón, su proyección e influencia en el mundo, sus enseñanzas y su legado.

Es evidente que las corrientes que han actuado como si fuese posible la vida de un pueblo con su memoria fracturada, por afirmar hasta el cansancio tales supuestos –traer a la memoria su parte como si fuera el todo, siendo éste último ontológicamente superior-, completarán su indagación de la historia y por lo tanto su comprensión del Peronismo, ó iniciarán su derrotero hacia espacios que el Peronismo no abarca. El propio General nos enseñó que «los pueblos pueden vivir lustros, decenios y centurias apartados de los ideales que forjaron su alma, pero en el fondo inasible de su conciencia yace la rica herencia de su personalidad, que sólo requiere cierta instancia favorable para manifestarse e imponerse».

La «instancia favorable para manifestarse e imponerse» parece haber llegado de la mano de una formación política externa al movimiento nacional –aunque con participación de dirigentes y algunas estructuras que no han variado su pertenencia al peronismo-, que ha conquistado el gobierno y el estado para las corporaciones dueñas de más del 80 % de la economía argentina y otras tantas, tan externas a la argentina, como globales. Lo favorable de esta instancia puede ser que, como factor externo, logre unir a todos los sectores del Movimiento Nacional que han estado enfrentados entre sí, pues, como dice el refrán, «Dios escribe derecho sobre renglones torcidos».

Para refundar el Movimiento Nacional es menester profundizar sobre lo que enseñó Perón. Pensar y hablar con las categorías propias como «conducción política», “comando superior», «Conducción Nacional», «columna vertebral», «orgánica y organización», «rama juvenil», «trasvasamiento generacional», «comunidad organizada”, «democracia social, orgánica y directa». Más allá que alguno de estos términos requiera de una puesta en valor, es evidente que en su lugar, se piensa y se habla en términos del marketing electoral y de la sociología de encuestadores, naturalizando la política de círculos, la acción caudillesca e individualista propia de las formaciones demoliberales. El «armado electoral» ha pasado a ser el gran oficio, como si el poder estuviera radicado exclusivamente en el gobierno del Estado, ya sea este Nacional, Provincial o Municipal.

Donde hoy crece la metástasis del narcotráfico, estaban hasta hace poco los bastiones del poder territorial; las unidades básicas de organización político-social, donde se enseñaban los valores permanentes del pueblo junto al amor por Perón y por la causa. Estas fueron dando paso a los locales de campaña, con algunas honrosas excepciones, al tiempo que los cuadros auxiliares de conducción cedieron su protagonismo a los punteros de partido. La práctica política de los peronistas pasó de la «militia vita est» hacia el activismo rentado de la partidocracia burguesa. Allí, sitiadas por el hedonismo y el relativismo imperante, las convicciones le han ido dejando su espacio a las conveniencias.

El bipartidismo

No es difícil comprender la lógica dualista del imperialismo que, ya sea en su estructura tradicional ó en la progresista -el “mal” cuando anda de incógnito, al decir de Marechal en Adán Buenos Aires-, busca alinear a los pueblos en el citado régimen representativo bipartidista, con la premisa de garantizar la alternancia con una equilibrada «gobernabilidad». En realidad, un sistema de exacción con división de poderes, atomización social, limitación de mandatos gubernamentales, sindicales y sociales, pero con estabilidad que no se cuestiona para los gerentes de las corporaciones globales y para los dueños de las corporaciones locales, aliados a los primeros. En la Argentina que vio nacer el tercerismo de Perón, el reciente balotaje tuvo la infausta cualidad de llevar al extremo la división en dos.

El día anterior al balotaje, Clarín titulaba «En el peronismo ya hablan de reorganizar el partido» (3), a la vez que paulatinamente aumenta el centimetraje para la antinomia Cristina-Macri. La visión binaria oficialismo-oposición, que es la «exclusión del tercero», obliga a los pueblos como ya hemos visto, a optar entre centro-izquierda y centro-derecha, es decir, «dos zapatos del mismo pie». Si está el oficialismo en el ejercicio del gobierno y la oposición dedicada a conseguir el gobierno, resulta lógico que ninguno de los dos ponga en el centro de sus ocupaciones al Pueblo. Es el resultado esperable por no pensar en una orgánica popular innovadora capaz de reproducir la eficacia de aquella que antaño, desplegada en “ramas”, era capaz de vertebrar las organizaciones de trabajadores como un poderoso cuerpo capaz de extender sus brazos hasta envolver, por izquierda y por derecha, a la inmensa mayoría de los argentinos.

La tercera posición se va olvidando, tanto como el moderno movimiento que la llevó a cabo. Vuelve a imperar la competencia, con la reducida ambición de seguir definiendo en elecciones internas las autoridades partidarias, poniendo el caballo detrás del carro lo más rápido posible, no vaya a ser que a algunos se les ocurra tomar el toro por las astas y reconstruyan el movimiento. La reorganización del P.J. como partido liberal ó como «partido de masas» -dos antigüedades pre-peronistas que se escuchan otra vez-, sólo pueden concebirse en ausencia del movimiento que los integra a todos, con el propósito de encaramarse como interlocutores legales, aunque no legítimos, para actuar una vez más en nombre del conjunto, sobre todo como «agencia de colocaciones» a la hora de repartir las candidaturas.

Primero el Movimiento, después el Partido

Nunca la parte puede superar al todo. El PJ no puede contener al Movimiento que, por naturaleza no es sectario ni excluyente y, por lo tanto, abarca a todos los que luchen por la emancipación de la Patria, piensen como piensen. Ni siquiera puede contener a las organizaciones obreras peronistas, mucho menos a la CGT. El movimiento no puede caber en un partido. Por lo contrario, son muchos los partidos que pueden caber junto al PJ en el momento de las elecciones y tomar el nombre del frente que les plazca, si las fuerzas de la Nación constituyen desde el terreno un movimiento permanente que garantice la distribución equilibrada de representantes de todos los sectores que lo componen, empezando por los trabajadores, pues «sobre la hermandad de los que trabajan ha de levantarse nuestra hermosa Patria, en la unidad de todos los argentinos».

Decía Perón el 1ro. de diciembre de 1968: «…a mí me conviene tener un ala combatiente y otra complaciente. Después las compagino con mi experiencia y las dejo así. Yo he establecido el movimiento peronista en base a un trípode: hay una rama sindical y una política que, para que haya mas estabilidad, se divide en un ala masculina y otra femenina»…«Ahí está: los dirigentes sindicales dependen de los políticos y viceversa. Porque para manejar se necesitan siempre dos riendas. Un sector que ataque y otro que contemple. ¿Por qué? Porque en política no hay nada estable, es el campo del desorden. Cuando usted gobierna en política debe acostumbrarse a manejar el desorden. Triunfa en política el que lo logra».

Recordemos que los partidos políticos son creaciones de la burguesía europea del siglo XIX, como organizaciones de opinión, ordenamientos ideológicos y jurídicos. Son formas de encuadrar porciones de pueblo para manejarlas desde un círculo de poder encaramado en la conducción, en cuya esencia está presente la idea de «dividir para reinar»: unos se ocupan de trabajar y discutir los salarios, para que otros se encarguen de la política y de modelar la estructura de decisión del país. La forma organizativa partido nació de una conciencia liberal según la cual el intelectual político profesional asume la representación del pueblo, que se presupone inculto y por lo tanto se toma como objeto de la política. Así planteado lo partidocrático, puede comprenderse lo que leímos ni bien terminado el balotaje: «aún no se puede evaluar el impacto que generará en la política argentina la consolidación de un nuevo partido nacional con características distintas al PJ y la UCR» (4).

La genialidad del General Perón fue poner en el centro el movimiento y utilizar el partido para acceder al gobierno, organizándolo unos días antes de las elecciones. El moderno movimiento creado y ensayado en la Argentina no es para la representación del pueblo, sino que es el pueblo mismo organizado. Por eso empezó desde las organizaciones sindicales de trabajadores, que por definición responden a las necesidades concretas de todos los días, donde no hay espacio para la especulación ni «parálisis paradigmática» que valga.

No es de extrañar entonces, que la CGT tome la iniciativa en función de su propia unidad, dando un paso fundamental para la posterior unidad política, con la constitución de una Comisión de Unidad integrada por todos los sectores sindicales. Aunque empiezan como acciones de la dirigencia, es sabido que algunas de las organizaciones mantienen un formidable poder de movilización basado en una representatividad real. Y considerado en su conjunto, el movimiento obrero posee un potencial inigualable y permanente para organizar una Conducción que reúna las fuerzas dispersas de la Nación y constituya la masa crítica de un nuevo proceso de transformación social. Es decir, que reúna la cantidad suficiente de personas desplegadas por toda la geografía argentina, como para predicar simultáneamente las bases de un verdadero proyecto de nación originado en sus entrañas, hasta convertirlo en proyecto de todos los argentinos.

La formación de una Conducción Nacional

Sintéticamente tal vez podríamos coincidir en que la Nación fue formada por el Pueblo, que en su práctica histórica se asentó sobre un territorio en el cual se constituyó su patrimonio, posibilitando que se formara la Patria. Para administrar dicho patrimonio, desarrolló un Estado prestador de servicios y bienes públicos y, para conducir al Estado, conformó el Gobierno Nacional. Es por eso que conceptualmente la Nación abarca al Pueblo, la Patria, el Estado y el Gobierno. Es el Pueblo y no la «masa», ni «la gente» -ya que la masa con dignidad, organización y una doctrina, se convierte en Pueblo-, el que debe gobernar por medio del Estado, para lo cual este último debe estar a su servicio. Y es el Pueblo el principio permanente, pues el Estado puede estar en sus manos ó en las manos de quienes lo excluyen, lo desorganizan y lo explotan.

Para ese Pueblo -al que Evita describía formado por dos clases de personas: los que luchan por su vida y los que no quieren ser oligarcas-, es indispensable la existencia de una Conducción Nacional que asegure los demos, es decir, una democracia plena, social y participativa, donde el gobierno pueda y deba gobernar con el concurso organizado del Pueblo, para hacer lo que el Pueblo quiere.

Decía Perón el 25 de noviembre de 1968: «Un error común ha sido el de considerar que nosotros perseguimos la unidad del sindicalismo argentino. Lo que queremos es la unidad de la Rama Sindical del Movimiento, porque será la única manera de dominar en el campo sindical… Organizada la Rama Política y unida la Rama Sindical, habremos recobrado la posibilidad de una conducción nacional que es lo que está faltando y que ha sido la causa de los sucesivos fracasos ocurridos». «Yo jamás he conducido discrecionalmente, sino cumpliendo la misión que tengo como Jefe del Movimiento. No hago lo que me gusta o deseo, sino lo que me impone la misión de unir a todos los peronistas buenos y malos, porque si sólo quisiera unir a los buenos nos quedaríamos con muy poquitos. Y con muy poquitos no se suele hacer mucho en política… No se trata de que unos ganen y otros pierdan. No se trata de preeminencias inoperantes. Se trata del Movimiento y de su futuro, que sólo se podrá asegurar mediante una conducción prudente e inteligente. El que crea que solo puede decidir lo que desde hace años venimos persiguiendo, se equivoca y sólo podrá conseguir una frustración más que puede ser nefasta para todos».

Si se les concede vigencia a estas sabias palabras, se podrá vencer al sectarismo, que es el primer enemigo de la conducción -porque la conducción es de sentido universalista-, con el objetivo de conformar una Conducción Nacional que, carente por ahora y tal vez por mucho tiempo de un conductor indiscutido, bien puede ser colegiada, concebida como «concejo», en el sentido de concilio, reunión ó asamblea convocada. Este Concejo Nacional del Movimiento debe integrarse no sólo con personas destacadas por su consenso electoral ó por la importancia del cargo que tienen en el estado, sino también por delegados de los trabajadores, de sectores políticos, económicos y sociales que hoy están faltos de canales permanentes de participación en las decisiones.

Participar en una Conducción Nacional tiene el suficiente atractivo de amplíar sustancialmente el poder de cada integrante, por lo que puede permitir la convivencia de funcionarios, ex-funcionarios, dirigentes sindicales, sociales, femeninas y juveniles, ya sea para restaurar el último dispositivo de fuerzas desplegado por Perón, como para crear uno nuevo si se piensa que aquel despliegue ha envejecido, pues será posible ir debatiendo el sistema que se proponga ahora y con ello, las legitimidades de cada dirigente y sector convocados, donde lo único irreemplazable es la conciencia de esta necesidad y la férrea decisión de solucionarla.

Estrategia nacional: democracia real, integración latinoamericana y defensa del ecosistema humano

Quien no tiene una estrategia de conjunto, termina participando de la de otro. Y los acontecimientos políticos de los últimos tiempos parecen demostrarlo, en la actuación dispersa de varios sectores de reconocida pertenencia peronista, encolumnados gregariamente tras distintos candidatos enfrentados entre sí. El mal de la época es que el hombre no reconoce verdades indiscutibles que guíen su vida, por lo cual cree que la libertad humana no tiene límites (5). He aquí una prueba.

En el movimiento puede haber solamente una conducción soberana, porque cuando hay dos, ninguna de las dos es soberana. Y si, como ocurre en ausencia de Perón, agregamos que las conducciones parciales se atribuyen soberanía y hacen lo que quieren, el resultado no es la expresión de una vigorosa democracia como nos quieren hacer creer, sino una anarquía permanente y una descomposición de la política en perjuicio del pueblo. No es bueno confundir democracia con oclocracia.

Recuperar una Conducción Nacional es recuperar el sentido de marcha, para continuar una revolución que está inconclusa, sin contar los desafíos que han aparecido por la misma evolución de la vida humana. La hora de los pueblos latinoamericanos requiere un modelo ensayado. Y la ejecución del «Modelo Argentino precisa la naturaleza de la democracia a la cual as¬piramos, concibiendo a nuestra Argentina como una democracia plena de justicia social, con un gobierno de forma repre¬sentativa, republicana, federal y social» (6).

Si el destino y la misión de la Nación Argentina es forjar la Patria Grande, la situación geopolítica la está confirmando. Los problemas actuales, con dimensiones continentales cuando no planetarias, hacen imposible imaginar políticas nacionales en cualquier campo, si no se contemplan como parte de la integración suramericana y luego latinoamericana.

Otra vez se debe concebir centralizadamente, para ejecutar descentralizadamente a través de pueblos organizados. Si no desarrollamos rápidamente los procesos de integración de las organizaciones populares, comenzando por los trabajadores, no podremos constituir el Estado Continental, ni habrá chances de equilibrar las fuerzas de las grandes corporaciones financieras, industriales, comerciales y otras; que actúan regionalmente pero con una estrategia global.

Cuando los poderosos nos hablan de que «la soberanía supranacional de una élite es preferible por sobre la autodeterminación nacional practicada en el pasado», la integración continental aparece como una causa indiscutible y perentoria que puede agregarse a las tres banderas históricas, junto con la defensa del ecosistema humano, cuya urgencia está modificando el orden de prioridades del mundo.

Una nueva revolución cultural: transformar la humanidad

Una buena parte de la política mundial está dedicada a cometer, reparar y castigar hechos de corrupción. La desmovilizante máxima de Lord Acton «el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente», se sostiene firme en el tiempo. Pero lo que rompe el corazón –cor ruptus, desde una óptica cristiana, es la ausencia de espíritu, la negación de lo trascendente, la pérdida por parte del hombre de la fe en su misión-, no es el poder el que corrompe, sino el materialismo, que lleva al hombre a la concupiscencia y a la humanidad a un «sistema social de despilfarro masivo» (7) que ha puesto en peligro la existencia misma de la especie sobre el planeta .

El Papa Francisco ha exhortado a la humanidad con su Encíclica Laudato Sí ante la «urgencia y la necesidad de un cambio radical en el comportamiento de la humanidad», porque «los progresos científicos más extraordinarios, las proezas técnicas más sorprendentes, el crecimiento económico más prodigioso, si no van acompañados por un auténtico progreso social y moral, se vuelven en definitiva contra el hombre».

Por lo que toda pretensión de cuidar y mejorar el mundo supone cambios profundos en «los estilos de vida, los modelos de producción y de consumo, las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad». «El auténtico desarrollo humano posee un carácter moral y supone el pleno respeto a la persona humana, pero también debe prestar atención al mundo natural y «tener en cuenta la naturaleza de cada ser y su mutua conexión en un sistema ordenado» (5).

Como «hombre avisado, medio salvado», no queda más remedio que encarar una nueva revolución cultural para transformar la humanidad. Para transformar a todos los hombres y a todo el hombre. Hoy desde Roma, universalizando rasgos de nuestra cultura, Francisco propone «pensar políticas presionadas por la población» como forma de eludir «la insuficiencia del derecho limitado por la corrupción» (5). Y más aún, sugiere redes de comunidades integradas por hombres que no provengan del individualismo, sino que se hayan formado en la solidaridad.

Propio de la doctrina de la Nación, esta cosmovisión cristiana pone el acento en el rol del pueblo, dejando en segundo plano el estado, entendido según hemos consignado como administración que debe ser puesta al servicio del pueblo poderdante. En el mismo sentido ya en «La hora de los Pueblos» el Peronismo anunciaba el fin de la burguesía y el paso a la democracia social, orgánica y directa. Los liberales «no desean comprender que el desarrollo demográfico e industrial de los últimos cien años ha cambiado radicalmente la situación y que la presencia del «hombre-masa» ha producido una serie de problemas que presionan de tal modo la forma de vida que ya no es posible el individualismo de otros tiempos, reemplazado ahora por una conciencia y una acción mancomunada. El hombre ya no puede ser considerado como un ente aislado sino como un elemento integrante del conjunto. Esto explica lo que parece sorprender a muchos: la decadencia de los partidos políticos y su reemplazo por otras organizaciones mayores y más naturales tendientes hacia las democracias también más naturales, en las que el hombre opina y vive lo que conoce y no lo que conocen y viven unos cuantos intermediarios. Por otra parte, la democracia de nuestro tiempo no puede ser estática, desarrollada en grupos cerrados de dominadores por herencia o por fortuna, sino dinámica y en expansión para dar cabida y sentido a las crecientes multitudes que van igualando sus condiciones y posibilidades a las de los grupos privilegiados. Esas masas ascendentes reclaman una democracia directa y expeditiva que las viejas formas ya no pueden ofrecerles» (8).

Conclusiones

Para algunos, el 22 de noviembre entró en crisis el proyecto de liberación que, según su sincera convicción, esgrime la mayoría. Con una estrategia defensiva, apuran una resistencia que mantenga aglutinadas sus fuerzas, pensando que la conducción de su sector debe ser la de todo el campo nacional. Para sus opuestos, ahora en el gobierno, se ha recuperado el poder como para comenzar la restitución de la república y la construcción de un nuevo partido nacional equidistante del PJ y la UCR.

Pero además de estos polos, cuyo antagonismo crece mientras las decisiones pasan por lados más lejanos, hay sectores con menos prensa, más silenciosos; forman una enorme franja que no estaba contenida ni se sentía representada antes, ni lo está ahora. Allí están muchos de los que dijeron «que se vayan todos», por no saber decir «democracia real, social y participativa». Son quienes mejor pueden percibir la configuración de un proceso tercerista, que comience por una Conducción Nacional con la misión de unir las fuerzas que estaban dispersas, realineándolas en un vasto Movimiento desplegado de manera que cubra toda la geografía argentina para proyectarse a Latinoamérica; que se fortalezca ubicando en su centro a las organizaciones de trabajadores y a las organizaciones sociales, articulando la unidad de las alas, tanto con los agrupamientos que marchan por centro izquierda como por centro derecha, con las fuerzas que serán tentadas ahora, a compartir el ejercicio del gobierno y ocupar una gran parte del poder del estado en sus tres niveles.

Como la política nacional sigue siendo «política de provincias», los primeros pasos de la Conducción Nacional del Movimiento, no pueden ser dados ignorando el pensamiento y la acción del argentino más influyente del mundo, el Papa Francisco. Siendo además un movimiento popular de inspiración humanista y cristiana, y planteándose por igual la defensa del ecosistema humano, quedan servidas las líneas esenciales de una geopolítica suramericana y latinoamericana, para ofrecer un movimiento actualizado que marcha hacia el futuro dentro de la continuidad doctrinaria. Para todo el Pueblo, pero en particular para una juventud ansiosa de verdades, que espera otra vez la posibilidad de volcarse masivamente a la participación política, recuperando el sentido heroico para sus vidas. De «hacer lo posible», de la «política práctica» y de la corrupción, están hartos. Los jóvenes, los que no tienen el cerebro marchito ni el corazón intimidado, siempre necesitan acometer la realización de lo imposible.



(1) La socialdemocracia ó centro-izquierda progresista. Aunque nace en la Revolución francesa, el progresismo se consolida en las luchas contemporáneas por los derechos civiles y políticos de las minorías como feminismo, ecologismo, laicismo, indigenismo, diversidad sexual, etc. Néstor Kirchner en 2003, ya sea por convicción, conveniencia ó ambas cosas, empieza su gobierno asistiendo en Londres al lanzamiento de una red (trasatlántica primero y después global) de centro-izquierda, convocado por Tony Blair a la cumbre de “gobiernos progresistas” bajo la inspiración de Peter Mandelson y Anthony Giddens, director de la London School of Economics. Concurren más de 500 políticos y expertos de todo el mundo, 14 jefes de estado, entre ellos el canciller alemán Gerhard Schroeder, el presidente de Brasil, Inácio Lula da Silva; el socialdemócrata sueco Goran Persson, el primer ministro de Etiopía, Meles Zenawi; el chileno Ricardo Lagos, el sudafricano Thabo Meki, el polaco ex comunista Lezek Miller y como invitados especiales, el ex líder de los post-comunistas italianos Massimo D’Alema y el ex presidente de Estados Unidos Bill Clinton, cuyo poderoso CGI fue el “paraguas diplomático” de Néstor y de Cristina, al menos hasta el 2011 . Ver más en los links :

http://socialdemocracia-info.blogspot.com.ar/…/primera-cumb…
http://news.bbc.co.uk/…/latin_am…/newsid_3059000/3059035.stm
http://edant.clarin.com/diario/2003/06/22/p-01001.htm /
http://diario.elmercurio.com/detalle/index.asp…

(2) La Unión Internacional Demócrata (en inglés: International Democrat Union, IDU) y su expresión regional Unión de Partidos Latinoamericanos, UPLA, a la que adhiere el PRO de Mauricio Macri, es una agrupación de partidos políticos anticomunistas, principalmente conservadores y en algunos casos demócrata cristianos y liberales, fundada en 1983, cuya sede se encuentra en Londres, Reino Unido. El grupo fue fundado por varios jefes de estado como la Primera Ministra del Reino Unido, Margaret Thatcher; el Presidente de los Estados Unidos, George H. W. Bush; el Canciller de Alemania, Helmut Kohl y el Presidente de la República Francesa, Jacques Chirac. Ver más en: http://idu.org ; y en http://190.196.69.222/~uplanet/

(3) Clarín, 21 de noviembre de 2015. En el peronismo ya hablan de reorganizar el partido:
http://www.clarin.com/…/Elecciones_2015-peronismo-PJ-Juan_M…

(4) Clarín, 24 de noviembre de 2015. Entre los dirigentes más cercanos a Macri no saben aún qué oposición deberán enfrentar. Ni siquiera saben quién terminará siendo el que los enfrente. “Tenemos que esperar por lo menos hasta marzo para ver cómo nos acomodamos nosotros y cómo se organizan ellos”, calcula uno de los hombres más cercanos al presidente electo. Según explica el dirigente, con un alto cargo en el gabinete asegurado, aún no se puede evaluar el impacto que generará en la política argentina la consolidación de un nuevo partido nacional con características distintas al PJ y la UCR. Ver en el link:
http://www.clarin.com/…/Elecciones_2015-el_nuevo_Presidente…

(5) S.S. Papa Francisco, Encíclica Laudato Sí, Roma, Mayo 24 de 2015

(6) Juan D. Perón, Modelo Argentino para el Proyecto Nacional, Buenos Aires, Mayo 1 de 1974

(7) Juan D. Perón, Mensaje ambiental a los pueblos y gobiernos del mundo, Madrid, Febrero 21 de 1972

(8) Juan D. Perón, La Hora de los Pueblos, Madrid, 1968

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